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Siguiendo la letra de la canción: Sería maravilloso, viajar hasta Mallorca…

Cruzamos el ‘puente’ para viajar hasta Mallorca.

En el archipiélago Balear, encontramos varias opciones para recorrer. Esta vez, hemos elegido Palma de Mallorca para perdernos por sus calles y secretos que quedan bien guardados por la protección que le brindan las aguas saladas que la rodean.

Con un casco histórico de ambiente medieval, con callejuelas estrechas, puentes sobre los que descansan viviendas silenciosas y empedradas calles que reciben migajas de sol por lo alto de las construcciones, recorrer sus rincones se vuelve un íntimo paseo donde las farolas son un detalle ornamental que no puede faltar como los postigos y las palomas que anidan en las cornisas.

Recorrer la ciudad, nos permite atravesar diferentes corrientes arquitectónicas e históricas, cuando podemos contemplar sus construcciones, ya sean religiosas o civiles, de diferentes estilos, pero todas increíbles.

La piedra de algunos edificios se mantiene diáfana, para dar protagonismo a la madera de sus tejados que adoptan la responsabilidad de funcionalidad además de ornamento, pues por sus labradas gárgolas se sujetan toneladas de peso, de vigas también trabajadas, que no por bellas pierden utilidad.

También es muy común encontrar huellas de la arquitectura tan característica de Gaudí, con esas formas florales, curvas y orgánicas en herrajes e incluso en la dura piedra, que la vuelven suave a la vista. Esto es porque aprendices del Gran Maestro y arquitecto encuentran aquí la oportunidad para materializar sus proyectos.

La heráldica del archipiélago trata por igual a todas sus islas y las menciona con sus metáforas de lunas que, alineadas, forman una unidad.

Cercana al paseo marítimo podemos encontrar un edificio de detalles góticos que embelesa con sus gárgolas que parecen cobrar vida mientras custodian sus vértices. Es el edificio de la Lonja de Mallorca y entrar en ella es sentir que la grandeza del Gótico nos invade con los arcos de sus bóvedas y sus mastodónticas ventanas enmarcando las palmeras.

Conviviendo con todos estos estilos, no podían faltar sus famosos molinos. Gigantes callados, con sus aspas al viento, navegando tranquilos y jugando con las ráfagas que saben a sal, alimentadas por el mar. Aunque algunos de ellos han sido reformados para alojar sitios contemporáneos en su interior, intentan mantener su exterior intacto para enriquecer este paisaje de tiempos, épocas y estilos.

La Catedral de Mallorca, es otro de los edificios emblemáticos de esta ciudad. Con un estilo gótico maravilla con sus perfecta alineación geométrica de pilares y sorprende con sus gárgolas que religiosas, custodian.

Siguiendo por el paseo Marítimo es fácil coincidir con el fuerte de San Carlos, que se mantiene como un recordatorio de la protección que brindó a la ciudad durante la constante invasión y ultraje de piratas y corsarios.

Rodeando estos edificios, podemos encontrar el Paseo del Rey donde jardines y fuentes dibujan un sendero que conduce a un reservado lago donde un cisne deleita a quienes lo contemplan. Con su nado rutinario, muestra su elegancia y su pulcro plumaje.

Otro de los destacables de esta ciudad son su hornos de exquisita bollería, donde las ensaimadas son gourmet. Con variedades de relleno o solas, cada bocado es una placentera explosión dulce que hace sentir el sabor de Mallorca.

No podíamos concluir sin mencionar sus playas. Sus aguas turquesas, funden con azules en diferentes tonalidades y la arena fina recibe sus olas constantes en choque salino. Un buen lugar para dialogar con el mar.

Así que hay que seguir la canción al pie de la letra y visitar Mallorca, porque definitivamente no sería, es maravillosa.

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