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Con C de Cervantes. Con C de Cuenca

Cuenca encierra un aura de fusión de una España histórica, natural y sorpresivamente contemporánea.

Desde el camino que te lleva a ella, el paisaje parece irte preparando para su encuentro. Los maravillosos campos extensos con variedades de paletas cromáticas increíbles, te invitan a sumergirte paulatinamente en un territorio donde crees entender aquellas reflexiones filosóficas de un anacrónico Quijote.

Sin faltar a su emblemático personaje, es seguro que en la mayoría de sus pueblos encuentres un homenaje a Cervantes, con alguna calle que llevará su nombre. Así, lo más recomendable, es dejarse llevar y permitirle a la ciudad que sea ella misma tu guía.

Entrar en Cuenca por el puente de San Pablo es dar una carta de presentación alta, jugar un palo alto, nunca mejor descrito, pues la estructura de este puente, se sujeta a una altura que pareciera menor a la distancia, pero cuando lo recorres y lo ves desde sus extremos registras mejor lo imponente que es. De esa manera, este puente ya avisa lo que vendrá después, que no es menos impresionante.

Construidas aprovechando el terreno irregular de Cuenca, encontramos los retos arquitectónicos que además de ello, han sobrevivido al paso de los años: las casas colgadas. Casas que, visualmente se vuelven obras artísticas y hasta mágicas al erguirse sobre acantilados. A esto le sumamos el encanto que parece transportarnos a otro tiempo, como viajar al pasado cuando se recorren sus calles inmediatas que siguen guardando ese matiz laberíntico y empedrado. Flanqueadas por grandes muros adornados con ventanas desordenadas pero muy fortificadas, puertas de madera maciza y balcones que mudos parecen recibir al sol, la ruta a seguir se rumorea en el aire. Sabes que vas por buen camino, aún sin tener un mapa a la mano. Con los ojos atentos se descubren los relieves de algunos escudos, como solía usarse en la antigüedad para identificar a la familia que vivía en esas casas, y los detalles de fachadas de iglesias con altos relieves desgastados pero aún identificables.

Y de pronto, entre todo este contexto de tiempo pasado, emerge una plaza con una arquitectura sostenible y contemporánea que homenajea la torre de Mangana. Homónima a la torre del s. XVI, la plaza, con una gran superficie diáfana, deja como protagonista a la maravillosa torre, pero rodeada de un ambiente modernista y armónico. Una verdadera sorpresa de fusión de tiempos.




Los conqueses están orgullosos de su ciudad y es seguro que te ayudarán para que te lleves la mejor postal sugiriéndote el mejor ángulo o la mejor ruta para disfrutar de sus rincones. Existe también una gran conciencia social y por ello hay un mosaico a favor de la paz y para recordar que se debe erradicar la violencia de género.

Es muy válido hacer una parada técnica y repostar energía con un vermut, y para ello recomendamos absolutamente un lugar con un encanto peculiar: Grotte. Un sitio que parece hacernos entender la premisa principal de Cuenca: aprovechar el terreno. Este bar-restaurante se desarrolla dentro de la piedra a modo de cueva, con un ambiente natural, cómodo y agradable. Buena música, buen producto, buen servicio. Tiene también terraza con el mismo toque acogedor y con el extra de unas vistas maravillosas mientras tomas tu aperitivo.

Hay dos ríos (Júcar y Huécar) que arrullan esta ciudad con su cauce móvil y fértil. Te puedes descubrir hipnotizado por sus recorridos tranquilos y la presencia casual de patos que nadan al son del agua. Estos caminos de agua cristalina también simbolizan una ruta alternativa para recorrer la ciudad paseando a sus orillas, atravesando por puentes cuya ingeniería resiste, y cuya sencillez y belleza sorprende.

Comer en Cuenca ofrece un amplio abanico de posibilidades. Desde los lugares altamente concurridos con sus terrazas continuamente vivas, hasta los restaurantes selectos, casi escondidos. Una muy buena opción es guiarse por el gusto propio, desde los platillos hasta el precio. Así, llegamos al restaurante La Puerta de Valencia, que ofrece un menú indistintamente que sea fin de semana, y la comida goza de un toque casero que satisface el paladar saciando el hambre en su medida justa. Con un ambiente agradable y tranquilo (indispensable para una buena comida) comer en este sitio recarga la batería para poder seguir con el paseo.

Un detalle interesante en esta ciudad es la presencia de varias iglesias, con diferentes hermandades como representantes. Una de estas iglesias es la iglesia de la Virgen de la Luz, que muestra unas exquisitas pinturas en las cúpulas y bóvedas de la misma.

Es justo enfrente de esta iglesia donde confluyen ambos ríos anteriormente mencionados, y con ese sonido del agua chocando en un dique que dirige aquel preciado recurso, desde el sólido puente, puedes hacer una pausa para charlar con el sol de la tarde.

Adentrarse en el territorio conquense puede ver su máxima expresión en la reconocida y famosa Serranía de Cuenca. Inmediatamente el camino avisa que el paisaje es naturaleza total. Con una carretera simple y poco concurrida, uno se descubre viajando sorprendido por grandes montañas de piedras que han construido imposibles esculturas y por si fuera poco, los árboles las han coronado creciendo en sus cimas. Con kilómetros de bosques que sin proponérselo dibujan una composición geométrica, abrir la ventanilla permite que el aire con ese olor a pino invada tus pulmones, y a pesar del sonido del viento se pueda identificar algunos pajarillos que cantan de una manera que invitan a imitarlos para concluir que su tonada es única y compleja.

Estos caminos te permiten realizar paradas para estirar las piernas y disfrutar de un momento en medio de la naturaleza. Cuando el motor se apaga, entras en contacto con la naturaleza, tu oído se agudiza y si estás atento puedes intuir lo que está ocurriendo en el paisaje: unos pájaros “discuten” mientras construyen su nido, una ardilla come sin parar mientras te observa, y los árboles coreografían la melodía del viento. Todo pareciera estar planeado y en realidad todo es estrictamente natural, exceptuando la carretera, deja de haber intervención humana y en ese momento te sientes en armonía con el paisaje. Prescindes de los dispositivos tecnológicos y del estrés de las grandes urbes.

El cuerpo experimenta el ascenso de altitud pues la Serranía supone tal, y es común que los oídos se tapen. Pero ese síntoma se ve recompensado cuando este entorno te permite vivir y presenciar el nacimiento de los ríos. Existen varios nacimientos que se pueden visitar. Uno de ellos es el del Río Cuervo, cuyo nacimiento, como un ojito de agua, débil pero constante, se transforma en un afluente abundante, tanto, que ha dibujado con la Madre Naturaleza una impresionante cascada que nunca se cansa. Con piedras barnizadas con musgo, el agua parece acariciarlas y la luz envidiosa de sus juegos asiste regalando arco iris en varios de los recovecos de la misma.

Para llegar a presenciar este fenómeno natural, se ha de realizar un breve sendero, que permite aislarse momentáneamente del ruido y de la multitud, al quedar bajo el refugio de los altos árboles que custodian aquel nacimiento. Perfectamente señalizado, es importante ser respetuoso y evitar invadir de más. Seguramente tanta tranquilidad y la caminata abran el apetito y afortunadamente en el parador hay algunos mesones por si no se ha planeado un pic-nic. El bar restaurante La Tejera, es digno de mencionar. Con el maravilloso principio de no cerrar la cocina hasta que no haya quien quiera comer, esto permite realizar un paseo relajado, sin prisas ni preocupaciones de perder la hora de la comida. Con dos amplios salones, el menú brinda opciones donde lo poco fácil es elegir sólo una de primero y sólo una de segundo, porque todo suena altamente apetecible. Comida casera, cocinada con parrillas, fogones de barbacoa, aceites con sabores y olores que parecen oro líquido y el puntito exacto de sal gorda. El servicio, la comida y el sitio hacen que se recupere energía de una manera cálida y acogedora. Uno se siente recargado y nuevamente activo después de una buena comida. Y así, se continúa el recorrido para atravesar la Serranía. Los paisajes a veces se reducen a la carretera simple con curvas muy cerradas que serpentean constantes, inclusive, es un camino restringido sólo para coches que no excedan de un peso determinado. A un lado la montaña como una pared y al otro, bosques tupidos que no muestran la tierra que los sujeta.




El camino también llega a un punto en el que inicia un descenso supeditado a las montañas que han permitido dibujar las sendas y repentinamente aparece un parador. Parece muy concurrido por ser relativamente pequeño. Su nombre intimida un poco “El ventano del diablo” y desde la carretera parece un balcón de piedra.

Pero al llegar ahí, lo que en realidad intimida más que el nombre, es lo que equivale a las “ventanas” hechas en la piedra misma como resultado del trabajo del viento y del agua seguramente. Como una cámara triangular, con grandes “ventanos” en dos de sus caras, se puede contemplar la inmensidad de la montaña. Hasta arriba, la carretera por donde hemos llegado y seguiremos el camino. Hasta abajo, un río que parece estático pero tiene un juego de colores verde y azul que lo declaran muy vivo. Aquello es una panorámica impresionante de la grandeza de la naturaleza, o de lo pequeño que parecemos ante la inmensidad montañosa.

Retomar el camino en compañía del sol del atardecer es una buena despedida para estos paisajes, que, iluminados por dorados y claroscuros, nos regalan una galería que cualquier museo envidiaría. Atravesando pequeñas poblaciones y despidiéndonos de las calles Cervantes, imaginamos aquellos molinos, como los de ahora, como gigantes hechos por el hombre. Aprovechemos la naturaleza. Armonicemos con ella. “Sólo quien lleve en la cabeza molinos…”

Observar y presentarte a un lugar como un viajero responsable y atento es imprescindible para poder encontrar los tesoros que cada sitio guarda para ti.

Y para finalizar, os dejamos a modo de recomendación una amplia lista de lugares para hospedarse en Cuenca capital y en el resto de la provincia.

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