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Reciclaje y desguace. El cementerio de la chatarra

La palabra desguace nos lleva inmediatamente a autopartes: ¿Qué te falta? ¿Un parabrisas? ¿Una puerta de un modelo y color específico? ¿Un espejo?

Imagina un sitio donde puedes encontrar infinidad de coches, organizados por marcas y te auto sirvieras de las piezas que necesitas. A modo de un bufete vas viendo lo que hay e identificando lo que necesitas para tu reparación automovilística.

Un desguace es un lugar donde se acumulan los coches para ser desmantelados y reciclados. Una idea realmente interesante sobre reciclaje y sostenibilidad que parte del principio de : “ lo que unos ya no utilizan otros lo reutilizan”.

Al tratarse de materiales tan grandes y poco manejables, lo idóneo para este tipo de proceso, es contar con espacios muy grandes. De esta manera, en el desguace se organizan infinidad de autos por marca, en lo que parece incluso una pequeña ciudad que en lugar de casas o barrios, tiene autos. Autos que van perdiendo sus partes y se van reduciendo, hasta que sean designados a la prensa de chatarra donde el coche es compactado.




Pero en este barrio, hay muchas historias, tantas como autos, pues cada uno cuenta su historia, a modo de susurro, de silencio, dejando que tu imaginación hile los cuentos. Cada auto es un libro abierto en el que te adentras por sus ventanas, algunas desaparecidas, las más impresionantes siniestradas, y tus ojos rápidos, analizan el interior. Trozos de cristales rotos, mapas, la guía Michelin, pegatinas de quien en algún tiempo los usó. Volantes desaparecidos, radios o sistemas de bolsas de aire extraídas, y luego abandonadas quizá porque una mejor oferta se encontró en el auto contiguo. Los asientos vacíos parecen aún contar quiénes viajaban en ellos, y sus paseos en sus momentos de gloria. Quizá algunas vacaciones familiares, una entrega de productos o un simple viaje al trabajo.

Alguno de estos autos te deja entrar y te cuenta con humor, el cariño que probablemente su dueño le tenía, al ponerle una pegatina con el nombre del auto soñado, que nada tiene que ver con el auto que es. Sobre el tablero, la pegatina sigue ahí, contando esta anécdota una y otra y otra vez, a todo a quel que la quiera escuchar.


Otro te cuenta, (probablemente) por la presencia de unas zapatillas deportivas en su asiento, que la baja del auto pudo ser una ruptura amorosa, ¡que se llevan hasta los zapatos!

Algunos otros, te cuentan cuál era el equipo de fútbol favorito de alguno de sus chóferes. Cuentan cuentos sencillos. Cuentan cuentos a quienes quieran descubrirlos. Que con las prisas de encontrar el “hueso” buscado, pocas personas quieren escuchar.

Los autos, alineados parecen formar calles y avenidas, los pasos por esas arterias te invitan a curiosear en todos los cadáveres de chatarra que lentamente, son diseccionados, “deshuesados” y algunos enseñan su estructura más íntima. Ahí, a la intemperie, guardan sus secretos de su vida de uso, los ojos que vieron por sus espejos retrovisores, los caminos que recorrieron,  las charlas que escucharon y sólo la música de los magnavoces parece arrullarlos.

Todas las partes de un auto se vuelven engranes perfectos a modo de una maquinaria exacta similar a la de un reloj suizo. Incluso los neumáticos, guardan dibujos casi podríamos decir individuales, a modo de huellas dactilares, pues hay infinidad de variantes y seguramente pocos se habían percatado.  Diseños estratégicamente elaborados para evadir el agua, para tener más agarre, para superar la tierra suelta, para evitar los pinchazos.

Seguimos diseccionando. Los motores, como la parte más “delicada” de algunos de los autos, sor organizados en inmensas góndolas que llegan a medir más de cinco metros de alto. Organizados del mismo modo, por modelo y año, parece aquello un enorme corral, donde se encierran todos los caballos de fuerza, y lo que quizá sólo sería comprensible para un ingeniero, para la mayoría de ojos, es sólo geometría.

Y lo más impresionante de estos cementerios, es cómo esta materia se vuelve apilable. Ver columnas de autos es impactante, encajan de manera que mantienen incluso tres, cuatro o cinco vehículos. Luego esperan la prensa, donde seguramente te impactará aún más, ver que aquello queda reducido a un prisma de chatarra de algo menor a un metro cuadrado.

Así, los huesos de chatarra se vuelven semillas de sostenibilidad, pues este material que tarda más de degradarse, se comprime para luego reutilizarlo en la elaboración de otro metal que luego tendrá una nueva vida.

Mientras, las diferentes islas que contienen las barriadas automovilísticas, seguirán pasando sus últimos días que no están del todo contados. Todo dependerá de sus “huesos” y su utilidad para alguien más. Así aguardan lluvia, sol, viento, silencio.

El cementerio se cierra y los autos seguirán a la espera de su disección lenta, para algún día, volver a tener otra vida.
Donde algunos ven sólo chatarra, otros ven reciclaje, otros ven paisajes urbanos y otros ven historias.

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