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Lugares abandonados: Monasterio de Perales del Rio

En este artículo especial de lugares abandonados hablamos sobre el Convento trapense de la Aldehuela (Perales del Río, Getafe), un edificio con mucha historia conocido como Monasterio de Perales.

Secretos de carretera. Los caminos vestidos de color olvido.

Por las carreteras de Getafe, en  uno de los caminos de Perales del Río, existe un sitio llamado la Aldehuela. De origen árabe muy cercano a Alduwayya, Aldegüela o Aldovea, como era típico de esa cultura  bautizar el sitio por las características toponímicas del terreno, Aldehuela  floreció cercana al Arroyo Culebro, concluyendo su significado como aldea pequeña. Censada en viejos tiempos con una población menor a las dos decenas, para ser habitada, sus territorios se cedieron a modo de donación a órdenes religiosas, tal y como solía hacerse antiguamente para aumentar la densidad demográfica. De esta manera, se erige un monasterio en este terreno que será habitado por una orden de monjes cuya principal característica es la vida austera en la que desempeñan su creencia. Perteneciente a la orden Jerónima de El Escorial, este sitio cobra vida, en sus primeros años, en una zona altamente famosa o reconocida por su ambiente de cacería, principalmente  de “lobadas”.

Posteriormente el terreno, es adquirido por un particular que lo cede a otra orden religiosa, esta vez, monjes cistercienses, también llamados bernardinos, o conocidos como los monjes blancos. Los monjes que habitan entonces este monasterio se dedican a la labranza del terreno en armonía con una vida sencilla, en la que prima ayudar al necesitado. Curiosamente, el día de la firma de la cesión del terreno, coincide con el santoral de San José, y es por eso que el terreno se rebautiza como Val de San José. Se sabe que llegaron a habitarlo entonces 21 monjes.

Llevando una vida humilde, conocen gracias a uno de ellos, el fermentado del vino, con el que elaboran su Vino de Misa que curiosamente adquiere fama mundial y les brinda ayuda para su manutención así como la de sus protegidos. Por este motivo, las instalaciones, se adaptan a bodegas que permiten que sus cosechas vean la luz como el elixir sagrado.




Se desconocen las causas del abandono de las instalaciones por parte de la orden, pero se conoce que esos muros sacros y esas bóvedas silenciosas, se visten de bélicos uniformes con la Guerra Civil Española, en la que protagonizan un cuartel para el frente Republicano.

Así, nuevamente esos muros se enfrentan a la soledad a partir de la década de los sesenta, en la que vislumbran su futuro colmado de abandono y olvido. Solo suelen vestirse de gala para fiestas clandestinas en las que también muestran sus cicatrices de aerosol.

Actualmente, custodiado por una  comunidad de cigüeñas, conejos y perdices, esos muros parecen cansados, y poco a poco han ido cediendo al tiempo. Los derrumbes de sus estructuras delatan su cansancio de tiempo, de historias, o batallas.

Protegido para evitar el vandalismo, no ha habido valla posible que frene al tiempo y éste ha pasado factura volviendo su arquitectura frágil. Diríamos incluso engañosa, pues aquellos muros que parecían resistir años, ya no invitan sino a su contemplación a la distancia. Parece que quisiera llevarse todos y cada uno de sus secretos consigo. Todo lo que ha visto.  Todo lo que ha oído.

Y entonces, los trazos de pintura estarcida, se vuelven la caligrafía de la rebeldía, de la oposición, del “yo estuve aquí” que se vuelve un trofeo intangible. Pero el sitio parece pedir protagonismo. Parece gritar “detenme”. Se niega a sumergirse en el olvido del todo, y se mantiene entonces, como una columna encorvada por la edad contemplando los hermosos atardeceres que la tranquilidad de los caminos que la unen, le proporcionan. Caminar este terreno invita a la curiosidad, a indagar en su historia, a preguntarle cómo ha llegado hasta ahora.

También es  cierto que la respuesta ya la anticipa el camino pecuario que lo circunda, pues el sendero no conoce el pavimento. La luz, sólo puede ser confiada al sol, pues no hay alumbrado público que de ámbar vista las sombras. Así, relegado a un costado del camino, aguarda.  Vistes de imaginación el terreno, lo habitas con 21 monjes, que vivían sencillamente, labrando la tierra, cosechando, fermentando sus frutos en sus bodegas, con un universo limitado a aquel monasterio, con sus misas, con su cocina viva. Vistes el edificio como un cuartel,  con estrategias para la Batalla del Jarama, para evitar que Madrid fuera tomada. Vistes también el posible traje de la fiesta, de los conocidos y desconocidos “ravers”,  de  la multitud bailando y las paredes atestiguando los beats. Vistes el traje de la libertad.  De poder ser lienzo de cualquier idea o convicción, de ignorar los plagios, de captar códigos cromáticos y formales.  Vistes de zona de tiro.

Te dejas envolver por las leyendas, por los sucesos malditos y sigues esperando. ¿Qué esperas? Los árboles siguen reverdeciendo en las primaveras, tú luces garabatos nuevos, paredes derruidas, saqueos constantes. Aún así, los nidos de las cigüeñas vigías ceden el paso al olvido. A que te consuma la nada que te rodea. Los que por curiosidad o casualidad te encuentran, se llevan a casa el misterio que les regalas pues pasando algunos metros por los caminos sinuosos, difícilmente recordarán tus formas: el camino viste un hábito blanco. Viste de tierra. Viste de color olvido.

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