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Leyendas enclaustradas. Las historias de un convento en el corazón madrileño

Nos adentramos en el convento de San Placido, ubicado en pleno centro de Madrid para contar la leyenda enclaustrada que aguarda.

En el Barrio antiguamente llamado de Las Maravillas, ahora conocido como Malasaña, tal y como lo contamos en nuestro Mundo Recorrido de “Malasaña, el barrio inventado”, existen infinidad de leyendas estrechamente unidas, algunas de ellas, a la aún monumental arquitectura del barrio. Tal es el caso del convento de San Plácido, identificable edificio ubicado a espaldas del Teatro Lara, a un costado de la calle Pez, en la calle San Roque. Con el nombre de un santo en la calle que lo guarda, San Roque, es el protector de los peregrinos, los viajeros, los inválidos y los prisioneros. Este convento de orden Benedicto, toma el nombre del discípulo más obediente de San Benito: San Plácido. Es por este motivo, que encontraremos la representación de un monje Benedicto en un nicho de la pared que coincide con la calle de San Roque, que es nada más y nada menos que San Plácido, con su hábito negro característico de monje de dicha orden, aunque su mano que quizá sujetara la palma con la que suele identificarse se descubra rota. Curiosamente, esta representación se halla protegida tras barrotes, que también parecen tenerlo prisionero. Hay quienes aseguran que esta escultura es de piedra, pero la rotura de su mano pareciera indicar una madera policromada, que por el tiempo perdió no sólo los dedos de la mano, la palma que ya mencionamos, sino incluso algunos detalles de su gesto. No así, por desgracia está expuesto al vandalismo de un público que, seguramente, no es consciente del daño que provoca.

A pesar del tiempo que parece no detenerse y de la fiesta que este barrio parece vivir, los muros de este monumento guardan silenciosos, con ese sello tan distintivo y discreto de su orden, muchas historias y grandes tesoros que vale la pena conocer.

Carente de fachada principal, el acceso a su interior es por una puerta lateral, entre muros que mantienen el escudo de los Villanueva como benefactores, pero atravesar ese umbral parece ser la frontera de dos reinos.

Construido originalmente en el siglo XVII, consideremos que esta zona era de los arrabales alejados de la Villa, con lo cual permitía tener una construcción amplia, que era la principal característica de los edificios de esta índole, por estar contemplados para albergar a un número de religiosos y otorgarles un micro universo en el que pocas veces o nunca volvieran a tener que tener contacto con el exterior, es fundado por Doña Teresa Valle de la Cerda, quien rompe un compromiso nupcial con Don Jerónimo Villanueva y se refugia en el convento como priora. Su entonces enamorado, figura como patrono del convento, y para mantenerse cerca de su amada, se afinca en un palacio que manda construir contiguo al convento.

La vida conventual transcurre tranquila con sus 32 monjas y novicias en él. Una vida, que dentro de las reglas de la orden, dicta largos ayunos, oración, recogimiento y contemplación.

Sin embargo, esta tranquila vida comienza a verse interrumpida por conductas que traspasan los muros discretos, y se vuelven los rumores de moda de la villa. Se decía que las monjas tenían comportamientos extraños, que algunos calificaban de demoniacos. Extrañamente, estas manifestaciones sintomáticas las padecen 26 de las mujeres del convento, y los rumores adquieren tal fuerza que llegan hasta oídos de la Inquisición, que se ve obligada a tomar cartas en el asunto. Con esto, se desvela un suceso que es registrado en manuscritos anónimos de los que se duda pero también se cree. En ellos, se narra toda una turbia conexión con el confesor de la orden, quien pertenecía a los llamados Alumbrados o Iluminados. Una secta que descalificaba todo lo pecaminoso, al grado de creer que de la unión carnal de dos religiosos, se engendraría un santo. Con conceptos de este tipo daban por tierra todo lo que la religión intentaba mantener como mandato, y además aunado a la preparación de brebajes y drogas a las que sometió a las monjas, logró que estas experimentaran los pasajes más diabólicos, blasfemando, golpeándose, y según aseguraban algunas, haber tenido trato directo con un demonio que decía llamarse “Peregrino”.

Castigados el confesor y la priora del convento, éste vuelve a recuperar su ritmo conventual, con su apacible y tranquila vida, y sus monjas y novicias. Pero aún habría otro capítulo que alimentaría los rumores de la Villa. En ellos se verían envueltos el mismísimo Rey Felipe IV, quien acompañado por el Conde Duque de Olivares y por Jerónimo de Villanueva, visitaban el convento de manera clandestina para enamorar o beneficiarse de las monjas más jóvenes o bien, recién llegadas. Tal fue el caso de una monja de extrema belleza que conquistó al Rey, pero molestó a la priora que no consentía estas conductas. Para evitarlas, ideó recibir al noble con una imagen que lo aterrorizara y huyera, tal y como ocurrió. Las monjas, todas vestidas de hábitos luctuosos, rodeaban a la monja nueva, que excelsamente preciosa, estaba tendida, amortajada, representando su propia muerte. La imagen era tétrica y lo que parecía sería una noche de amor, se convirtió en terror para los tres casanovas. Obviamente, la verdad salió a la luz, y el Rey intentó vengarse con el regalo de un Reloj de campana que anunciaría la hora de la muerte de los difuntos. Se dice que el reloj dejó de tocar extrañamente cuando aquella monja, la más hermosa que fingió su propia muerte, efectivamente pereció.

El sentido de venganza y la muerte de la muchacha tocaron el remordimiento del Rey, quien se dice mandó a pintar un Cristo Crucificado a Velázquez, que es una obra de extrema perfección artística y se puede contemplar en el Museo del Prado, y que también encierra leyenda. Se dice que el artista desfiguró los rasgos finos del rostro sin poder recuperarlo por más pinceladas que diera, y por ello, ese Cristo tiene un mechón de pelo que le cubre medio rostro.

Visitar este recinto es entrar en otro reino. Se puede acceder a él para escuchar el servicio religioso en conjunto con las aún 13 monjas de clausura que lo habitan, o bien, se puede visitar para contemplar las obras que dignas de museo encierra. Sin olvidar por supuesto, toda su historia, y sus leyendas.

El edificio que existe hoy, se construyó a principios del siglo XX sobre el solar que dejó la demolición del anterior. Por desgracia, el anterior presentaba un deterioro de más de tres siglos y leyendas a cuestas. Aunque se intentó edificar a semejanza del original, su belleza es símbolo sorprendente de su pasado, aún siendo reciente, en un barrio tan “nuevo” o “inventado” como es el de Malasaña.

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