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De noche vienes luna, vestida de día. Ese místico satélite, llamado Luna

Desde siempre la luna ha sido inspiración y musa para la humanidad. Su perfecta forma, su luminoso color, envuelven siempre misterios o bien, influyen en el comportamiento natural de la vida.

Y es que el velo con el que barniza todo lo que ilumina, tiñe de belleza las formas. Bañarse de luna, también es posible.

Para algunas civilizaciones era tal su admiración que se sabe de templos dedicados a ella. Deidades en su nombre se adoraban para obtener siempre su beneficio e incluso rituales se le ofrecían para obtener protección, salud o fertilidad.

Algunas de esas leyendas han dado explicación a las formas que incluso hoy podemos ver en ella. Una leyenda prehispánica cuenta que si observamos atentamente encontraremos la silueta plasmada de un conejo en su cara.

Esto ocurre por un Dios que un día decide contemplar la vida terrenal, caminar sus tierras y descubrir la vida cotidiana. En su viaje, experimenta la fatiga, la sed y el hambre. Así que mientras reposa un poco, resignado a su lenta agonía por hambre, coincide con un conejo que al ver el sufrimiento del hombre y reconociendo que no podría alimentarse de lo que él se alimenta, se ofrece a sí mismo para saciar su hambre y con ello asegurar la supervivencia del hombre. El Dios en ese momento, invadido de agradecimiento por el honesto sacrificio del animalito, le prometió que le asignaría un sitio importante para que los hombres de todos los tiempo recordaran siempre su gesto. Así lo elevó mientras la luna grabó su silueta, y si observamos bien, aún en nuestros días, el conejo de la luna sigue adornando la faz lunar.

Una leyenda similar existe en el otro lado del mundo. En el alejado imperio del sol naciente, se cuenta que un Dios que paseaba por sus terrenos mundanos, se encuentra con un mono, un zorro y un conejo. El mono trepa a los árboles y le trae frutos para que coma. El zorro caza un ave para él. Pero el conejo, aunque lo intenta, vuelve con sus patitas vacías, y se ofrece a sí mismo para saciar el hambre de su Dios. Éste, muestra un gesto similar al de la otra leyenda, le agradece su sacrificio y le dice que su gesto será lección para todos los hombres que lo recordarán en algo que siempre esté en nuestra vida. Para ello elige a la luna.

Es curiosa la similitud entre ambas leyendas a pesar de su distancia geográfica. Con variantes obvias y evidentes, la similitud de elegir a un conejo, puede ser debida a que las formaciones irregulares de la luna dieran como resultado una pareidolia muy cercana a ese animalito.

Sea como fuere, la luna siempre le añade un toque especial a cualquier paisaje que ella protagonice. Los tejados, las montañas, la magna arquitectura, la esculturas, se vuelven admiradores y adoradores de ella.

No en vano inspira a todos los artistas, le componen canciones, e incluso en álbumes imaginan su lado oscuro, la pintan en diferentes técnicas y siempre luce esa apariencia de joven eterna.

Luna, como ese místico apéndice de la Tierra, suyo pero independiente, afecta e influye nuestros sentidos. Un buen paseo nocturno, tal y como lo sugerimos en nuestro Mundo Recorrido de Madrid de noche, se vuelve un lujo si la luna está presente. Todas las postales toman otra factura si ella preside.

Quizá es una buena manera de quitar nuestra mirada de los dispositivos electrónicos que tanto nos absorben y mirar para arriba. Allí, donde los sueños viven. Quizá veamos a los dioses de las leyendas o al menos coincidamos con aquel conejo del que tanto hablan. Al menos, es seguro que lo encontraremos en la luna.

Seguramente después de haber leído esto, no volverás a ver la luna si no con otros ojos. Suerte y buenas noches.

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